Entre Latas y Botellas

Érase una vez un hombre que bebía y era su perdición.
No era alcohólico, ni tampoco bebia bebidas fuertes o de alta graduación alcohólica. 
Sin embargo, cada vez que el alcohol ingresaba a su cuerpo, toda la mierda era expulsada de su interior y se hacía visible. 
En forma de gritos, en forma de insultos, en forma de denigrar. Y si ella se atrevía a contestar algo, sobre todo algo que a este hombre le parecía que no iba, también aparecían los golpes. Las cachetadas, tirones de pelo, etc. Que demostraban todo un odio y una furia contenida contra ella cual si fuera la culpable de todos sus males. 
Mientras tanto, ella, agazapada en un una rincón, a oscuras, se abrazaba a su libro de turno llorando con gran dolor. Pidiéndole fuerzas a su abuelo, donde quiera que esté, y rompiéndose cada día un poquito más.
Cada vez que ella lo veía venir del supermercado con botellas o latas, ya empezaba a temblar.Tenía que huir a esconderse, a silenciarse, para que él, (que igualmente lo hacía), no se la agarre con ella y empiece con su catarata de insultos recordándole lo inútil e inservible que es, como por eso nadie la quiere ni la va a querer, como nunca iba a llegar a ser nadie en su vida por tantos fracasos que arrastra, y otras yerbas. 

Y así, cada palabra sucede para ella como un golpe que la desestabiliza y la va dejando en una suerte de knockout, abatida. 

Él consiguió su objetivo. 


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