Cuando el corazón ya no esperaba
Llegó sin estruendo.
Como el sol en invierno que calienta sin avisar.
Como una canción suave que empieza bajito y termina habitándome.
Yo ya no esperaba.
Había aprendido a no ilusionarme con mensajes que no llegan, con promesas que se diluyen, con presencias que no terminan de quedarse.
Tenía el alma un poco rancia de esperar.
Y sin embargo, dije que sí.
Un “ya fue” medio resignado, medio valiente. Un “vamos a ver qué pasa”,
como quien salta sin mirar si hay red.
Y entonces pasó.
Nos vimos.
Y el mundo no se detuvo, pero algo adentro mío sí.
Una pausa tibia, un suspiro largo.
Su abrazo fue primero silencio. Después refugio. Después hogar.
Los besos no llegaron de golpe. Se tejieron despacito, entre mates y charlas,
entre miradas que hablaban más que la voz.
Un roce de narices, una mordida leve, una caricia que no necesitaba apurarse.
Y el cuerpo, que reconoce lo que el alma ya intuía:
que no era como antes.
Que esta vez era distinto.
Y lo sigue siendo.
Cada día desde ese día.
Mensajes que abrigan.
Chistes que se vuelven ternura.
Un “buen día” enviado antes del amanecer solo para ser la primera.
Y una respuesta que me hace sentir que valió la pena esperar.
Que después de tanta noche, esto era el sol.
No sé en qué se convierte esto.
No sé si durará una vida o solo un rato eterno.
Pero sé que llegó cuando el corazón ya no pedía nada.
Y que por eso, tal vez,
me está dando todo.
Comentarios
Publicar un comentario