Estando sin estar
Hoy intenté repasar.
El martes rindo un final. No uno más. Uno importante.
Materia número treinta. De cuarenta y ocho.
Una cifra que debería gritar “logro”, “orgullo”, “avance”.
Pero no siento nada. Nada.
Me senté frente a los apuntes. El texto borroso. El cuerpo en otro lado.
La mente disociada. Como si no fuera mía. Como si este día no me perteneciera.
Quise dormir, por si eso ayudaba. Pero ni siquiera eso pude.
Estoy atrapada en una especie de limbo seco, árido, donde ni el descanso me abraza.
Y entonces lo confirmé: la anhedonia volvió.
No solo volvió. Se instaló. Me habita.
No me conmueve nada. No me ilusiona nada. No me importa nada.
Ni el martes. Ni la materia 30.
Ni el lunes, que vuelvo a twerk, eso que siempre me rescata un poco.
Me entusiasma, sí, pero solo en teoría. Porque en el cuerpo no pasa nada.
No vibra. No responde.
Estoy desconectada.
Estoy sin estar.
Y lo que más duele es esto:
la angustia está tan adentro que ni siquiera puede llorarse.
Está apretada en el pecho, dura, inmóvil.
Una piedra caliente. Una soga muda.
No me sale el llanto. Y me está asfixiando por dentro.
Este cuatrimestre me dejó materias aprobadas.
Reconocimientos.
Pasitos hacia adelante.
Pero todo me resbala. Todo me atraviesa sin dejar marca.
Como si nada fuera suficiente. Como si yo no estuviera adentro de mi propia vida.
Y aparece ese deseo, brutal, crudo, real:
Dormir para siempre. Desaparecer.
Que nadie me vea.
Que se detenga el ruido del mundo.
Que me traguen las sábanas. Que no duela más.
No escribo esto para inspirar.
No escribo esto para que me digan “fuerza”.
Lo escribo porque si no lo digo, me lo trago. Y me estoy ahogando.
Escribo porque necesito decirlo, aunque no tenga final feliz.
Porque aunque todo en mí esté roto, todavía hay una parte que —por alguna razón— sigue respirando.
Comentarios
Publicar un comentario