Almagro Otoñal

Algunas tardes, después del mediodía como "para bajar la comida", disfruto de salir a perderme por las calles de mi barrio, ese que conozco tan bien desde ya hace 14 años. Con la única compañía de la radio resonando en mis oídos y mis ojos para capturarlo todo, cada esquina, cada poste de luz, cada local, como si fuera la primera vez que los viera. 
Junto todo el sol posible para mi fotosíntesis extraviándome en las esquinas de mi amada Avenida Corrientes, y a la vuelta del paseo me refresco ocultándome en el paralelismo de la calle Sarmiento.
Pese a que para el otoño ya refresca bastante anunciando el venidero invierno, me sacudo las frazadas y el desgano y salgo, salgo a patear mi barrio, deteniéndome en la Plaza Almagro o Placita Bulnes, como muchos le llaman. Mis ojos recorren con añoranza todos esos rincones que de chica corría feliz, ajena a los menesteres de la vida.
Los colores anaranjados del atardecer asomándose por entre las hendijas de las ramas me indican que debo emprender mi retirada por hoy, y dejo atrás mi placita con la música de la calesita y las risas de los chicos subidos a ella de fondo en combinación con las hojas secas que, caídas en el pavimento crujen bajo mis zapatillas. 
Mañana es Domingo. Mi día predilecto para visitar mi querido Parque Centenario, y aunque para llegar ahi ya me haya alejado bastante de mi Almagro amado, los domingos son claves desde que tengo 4-5 años, para recorrerlo, Para perderme entre la feria y volver a casa con alguna chuchería nueva. 
Para pasear con deleite por el sector libros y encontrarme con todos los títulos que quiero y anhelo poder comprarme algún día. 

Otra cosa que me encanta es sentarme frente al lago,  cerrar los ojos y mientras el vientito me despeina el flequillo imaginar que estoy en cualquier otro lugar, lejos de ahi...

Ver tanto fragmento de verde pastizal me hace una suerte de nudo en la garganta, pues mi mayor sueño es tirarme allí en compañía, a charlar de la vida, de tonterías, reir, simplemente que el tiempo pase pero que se sienta como si no. 

Al fin, respiro profundo para que las lágrimas traicioneras se queden en su lugar del lado de adentro del lagrimal, y aún con las hojas crujiendo bajo mis pies, emprendo el camino de vuelta a casa donde, al llegar, el portero chismoso me saludará haciéndose el cordial, y puertas adentro mi abuela me espera con un té calentito. 

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